Santiago Pérez Bentancort
La común y deliberada confusión entre desigualdad y pobreza
Recientemente he tenido el honor de recibir el Primer Premio Academia Nacional de Economía en la edición 2025, junto con Mateo Severi Frau por nuestro trabajo titulado “La conquista de la pobreza infantil”, cuyo nombre se inspira en una obra de título similar escrita por el mismísimo Henry Hazlitt, que el lector probablemente conocerá como autor del libro “La economía en una lección”. Nuestro trabajo analiza el concepto de pobreza, el de pobreza infantil, sus causas y algunas consecuencias; y plantea tres pilares esenciales para conquistarla: (1) el crecimiento económico como la única forma de reducir la pobreza de forma sostenida y profunda en el largo plazo, (2) la inherente ineficiencia de la administración estatal para el manejo de las políticas públicas y (3) los aspectos multidimensionales de la pobreza, específicamente aquellos relacionados a la formación temprana del capital humano.
Una cuestión que se trató comentar, cuyo análisis profundo escapaba de los objetivos del mismo trabajo, es la presunta confusión entre dos términos: “desigualdad” y “pobreza”. Existe un numeroso grupo de académicos, profesionales y políticos que para hablar de la situación actual de la pobreza en el Uruguay recurren a la desigualdad de ingresos y proponen una serie de medidas fiscales para “corregir” el supuesto problema. Dedicaré el presente artículo al análisis esencial, aunque superficial en cuanto a la gran extensión de los temas subyacentes y de la literatura de la cual me apoyo, de dicha confusión; que en algunos casos parecería ser involuntaria, mientras que en otros parecería ser deliberada.
Muchos académicos, profesionales y políticos tienden a confundir la desigualdad con la pobreza debido a que parten de un conjunto de supuestos teóricos erróneos sobre el funcionamiento real de la economía. El primero de ellos es concebir los procesos de mercado como si fueran un juego de suma cero, la tal estudiada “economía de dotación” en los cursos de microeconomía intermedia, como si de una “torta” se tratase y cuya distribución determina quién gana y quién pierde. Bajo esa visión, si alguien es rico es porque otro necesariamente fue empobrecido. Si existen individuos cuyos medios son insuficientes para cumplir con los objetivos más esenciales de la vida humana, es porque existen otros con una acumulación excesiva de medios como fruto de ciertos mecanismos institucionales que “favorecen” a los segundos sobre los primeros.
Todo aquel que entienda las nociones más básicas acerca de la estructura de capital, los procesos de mercado, la función empresarial y la eficiencia dinámica o progresiva, se dará cuenta rápidamente de que esta visión es profundamente insuficiente, por no decir un enorme error intelectual con consecuencias prácticas gravísimas. En verdad, ni se trata de una mera economía de dotaciones exógenas, ni de una torta a repartir entre los que participan en ella, ni de un juego de suma cero en donde unos ganan y otros pierden. Los procesos de mercado son procesos de descubrimiento, donde la riqueza se crea y se destruye continuamente a través de la función empresarial (del latín in prehendo, que significa “descubrir”, “ver”, “percibir”, “darse cuenta de”, “atrapar”), la acumulación de capital y el ajuste dinámico de los precios.
Aquellos que erran en esta materia no se dan cuenta de que, en un mercado libre, las remuneraciones de los factores productivos dependen del valor presente de su producto marginal; en el caso del factor trabajo implica que los mayores salarios se pagan en los sectores con mayor productividad laboral. Asimismo, tampoco se dan cuenta de que las grandes riquezas son fruto del ahorro deliberado y de la función empresarial, al sacrificar consumo presente y enfrentarse a la incertidumbre inerradicable del futuro en pos de satisfacer las necesidades y deseos de las personas.
Cuando se desconoce o se niega estos mecanismos, es fácil caer en la narrativa simplista de que las diferencias de ingreso y riqueza son injustas o son un indicador directo de pobreza. En vez de promover aquellas instituciones que permiten que el capitalismo y la empresarialidad florezcan, promueven la envidia y el odio al ahorrador y al empresario, cuando aquellos que ahorran y emprenden son los que mueven el mundo y crean nuevos puestos de trabajo. Claro está que los mecanismos a los que se suele recurrir son siempre estatistas, utilizando al monopolio de la violencia para quitarles a unos y darles a otros (si es que no pasaran por las manos porosas de los burócratas).
También en la ceguera de la ignorancia o de la envidia, los individuos a los que nos referimos se vuelven más inmorales y fácilmente caen en la tentación de las coimas y pedidos de privilegios, así prosperando la corrupción incluso por sobre sus propios principios. Recordemos que toda forma perpetua de estatismo impacta directamente en la cultura y en la moral, promoviendo aquellas actitudes que en nuestro país asociamos a la conocida “viveza criolla”, que no es otra cosa que una imitación del comportamiento estatista. Al final del día, el avance del estatismo en materia del combate a la desigualdad se aleja astronómicamente del verdadero combate a la pobreza, enfocándose esencialmente en la destrucción del capitalista y del empresario honesto.
Por último, no olvidemos que además vivimos en un sistema democrático, uno de los más destacados a nivel regional e internacional. Es más fácil persuadir al votante mediano con discursos de desigualdad que de pobreza, por lo que hay un claro sesgo político hacia el primero de estos temas. Apelar a la desigualdad es políticamente rentable: moviliza emociones, canaliza resentimientos y permite justificar políticas redistributivas que aumentan el poder del decisor político. En cambio, hablar de pobreza obliga a discutir crecimiento, productividad, instituciones, acumulación de capital y ahorro; temas más complejos y menos fácilmente explotables electoralmente.
En conclusión, muchos académicos, profesionales y políticos confunden (o deliberadamente buscan confundir) “desigualdad” y “pobreza”, fruto de una visión estática de la economía que asume un juego de suma cero. Al ignorar los dos tópicos fundamentales de la doctrina económica austríaca, que son la teoría del capital y la función empresarial, muchos interpretan cualquier diferencia de ingresos como injusticia. El resultado es que las políticas que promueven suelen terminar perjudicando el proceso genuino de creación de riqueza, que es justamente el único mecanismo capaz de conquistar la pobreza.
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