Dra. Romina Durán
EL IMPUESTO MÍNIMO GLOBAL A LAS MULTINACIONALES ES LA HERRAMIENTA DE GOBIERNO MUNDIAL
¿Qué es el impuesto mínimo global?
Lo promueve la OCDE, lo respaldadan más de 130 países, el impuesto mínimo global busca imponer una tasa mínima del 15% a las ganancias de las grandes corporaciones, para evitar que estas elijan instalarse en jurisdicciones con baja carga tributaria (los llamados “paraísos fiscales”).
En la narrativa oficial, esta medida pretende justicia fiscal: que los gigantes digitales y financieros “paguen su parte justa”. Pero permitanmé desconfiar, para mi la historia es otra…
Es el CONTROL SUPRANACIONAL.
La propuesta parte de un principio colectivista disfrazado de justicia: establecen que las naciones no puedan competir entre sí en materia tributaria. Este impuesto comenzará por anular la soberanía fiscal, atacando la autodeterminación de las Naciones.
¿Qué implica esto en la práctica?
Que todos los países estén atados al mismo piso impositivo, eliminando cualquier incentivo a la libertad económica. Asentar la base para una autoridad tributaria global, una especie de “supergobierno fiscal” con potestades sobre todas las naciones. Que se penalice a los Estados que opten por modelos de baja presión fiscal, reduciendo su competitividad y autonomía, es decir la que aplican los paises pequeños como Uruguay.
Hay una ingeniería de consenso Globalista.
Es un impuesto impulsado por organismos que nadie elige democráticamente como la OCDE, el FMI, la Comisión Europea y los globalistas alineados con la Agenda 2030.
Se crea la ilusión de un “gran consenso internacional” que en realidad suprime toda disidencia. La gente no se adentra en el asunto, sigue su vida, ésto se instala. Comienza a avizorar un nuevo orden tributario global, que busca homogeneizar reglas y castigar la libertad económica. El mensaje es claro: Si no jugás con nuestras reglas, serás excluido del sistema.
El impuesto mínimo global castigará especialmente a países pequeños o en desarrollo que utilizan incentivos fiscales como herramienta de atracción de inversiones. Mientras tanto, las grandes potencias (EE.UU., Alemania, Francia) siguen manejando excepciones y trucos.
Estamos ante una nueva arquitectura tributaria está emergiendo. Bajo un barniz de justicia fiscal, se proyecta el andamiaje de lo que será el gobierno fiscal supranacional. La0o celebran los voceros de la Agenda 2030 como un paso hacia la “equidad económica”.
Pero cuidado: cuando todos los poderosos aplauden lo mismo, es momento de desconfiar. Este impuesto establece que ninguna corporación global podrá tributar menos de un 15% sobre sus beneficios, sin importar dónde se instale. Se presenta como una medida para frenar el “dumping fiscal” y evitar que las grandes empresas se radiquen en países con bajos impuestos —los llamados “paraísos fiscales”.
¿El objetivo declarado? Que los gigantes tecnológicos y financieros “paguen lo que les corresponde”.
¿El objetivo real? Eliminar la competencia tributaria entre países y someter a las naciones a un corsé fiscal único.
El final de la soberanía fiscal. Lo que este impuesto global instala no es justicia, sino una prohibición encubierta: la de competir en libertad. Se despoja a los Estados —sobre todo a los pequeños o emergentes— de su facultad más soberana: definir su política fiscal. Ya no podrán atraer inversión con ventajas impositivas. Ya no podrán diseñar su modelo económico propio. Ya no podrán defender su diferencial.
Porque este nuevo esquema no busca nivelar hacia arriba, sino uniformar hacia el control. Es la base de una autoridad tributaria mundial, una suerte de supergobierno fiscal global, dirigido por organismos que nadie vota, pero que todos temen: OCDE, FMI, Comisión Europea, ONU, y toda la maquinaria burocrática de la globalización progresista.
Lo que fue la Operación Bernhard para las monedas, es hoy el impuesto mínimo global para las políticas fiscales: una estrategia de dominación sin balas, pero con consecuencias igual de devastadoras para la autodeterminación.
Una obra de Ingeniería del consentimiento globalista
Esta medida no surge del pueblo ni de los parlamentos. Se impone mediante una maquinaria internacional que trabaja como un reloj suizo: reuniones técnicas, documentos con lenguaje neutral, compromisos multilaterales ( de lo que tanto hablan los progresistas hoy), y finalmente, su implementación “voluntaria” por los gobiernos locales.
Se crea la ilusión de consenso. Pero el consenso es una trampa cuando calla la disidencia. El ciudadano común sigue su vida, mientras los cimientos del orden jurídico y económico se reconfiguran. Sin ruido. Sin protesta. Sin alternativa.
El castigo a los países libres.
Quienes pagarán el precio más alto serán los países pequeños, con modelos abiertos como Irlanda, Estonia, Paraguay o incluso Uruguay. Aquellos que hicieron del incentivo fiscal un motor para atraer empleo, desarrollo y tecnología.
Porque la consigna de este nuevo orden es clara: “Si no jugás con nuestras reglas, serás excluido del sistema.”
Y mientras tanto, las grandes potencias siguen haciendo sus juegos contables, aplicando excepciones, negociando privilegios. Porque el sistema, como todo colectivismo, promete igualdad mientras reproduce el poder de siempre.
Advertencia final.
Quien no vea en esta medida la instauración de un nuevo régimen fiscal global, está condenado a convertirse en su súbdito. No hay mayor servidumbre que la de quien paga sin poder decidir.
El impuesto mínimo global no es el final del capitalismo. Pero es el fin del capitalismo libre y soberano. Es el inicio de una era donde no se tributa para sostener al Estado… sino para someterse a él.
Conclusión: El tributo como sumisión.
Nos quieren convencer de que esto es justicia, pero es sumisión. Nos hablan de cooperación, pero es coerción. Nos prometen equidad, pero lo que entregan es uniformidad impuesta desde arriba.
Porque cuando todos los pueblos tributan lo mismo, ya no son libres. Y cuando un país ya no puede decidir cuánto cobrar, tampoco puede decidir quién quiere ser.
El impuesto mínimo global no es solo un atentado a la libertad económica. Es un símbolo del nuevo orden que viene: una humanidad sin raíces, sin nación, ¡sin escape!
ASOCIACIÓN DE LIBERALES DEL URUGUAY
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