Dr. Fernando Doti
El empresario: un benefactor social
Sostenía Winston CHURCHILL que “Muchos ven al empresario como el lobo al que hay que abatir, otros lo miran como la vaca que hay que ordeñar y muy pocos lo miran como el caballo que tira del carro”.
El rol empresarial es fundamental para a la prosperidad de la gente, en tanto generador de riqueza. Y cuando hablamos de empresarios, se hace referencia a los buenos empresarios, no a los prebendarios. Cuando hacemos referencia al buen empresario, nos referimos a aquel chico, mediano o grande, que permanentemente está buscando mejorar el servicio que brinda a su clientela, buscando la optimización de recursos de modo de ofrecer el mejor producto que logre obtener las preferencias de la gente. El buen empresario es el que se somete en forma diaria el voto soberano del mercado, es decir de la gente. Es por ello que, afirmamos que el proceso de mercado referido, tiene una vocación democrática que le es inherente. Todos los días, cada uno de nosotros cuando elije donde comprar algún artículo está premiando y castigando a quienes ofrecen sus productos. Cuando opto por ir a tal carnicería, indirectamente estoy castigando a las restantes con mi compra. Ahora bien, si ese comercio el día de mañana empieza a disminuir la calidad del producto que ofrece, si aumenta sus precios desproporcionadamente, si la atención que brinda no es de mi satisfacción, entonces, libre y soberanamente, optaré por comprar a la competencia.
Por el contrario, el mal empresario, el pseudo empresario o el prebendario, es aquel que prefiere ser amigo de gobernantes, legisladores y burócratas en general, para obtener el favor de éstos, a través de prebendas, subsidios, protecciones arancelarias, entre otras. En lugar de pensar en cómo mejorar la atención que brinda a sus clientes, están pensando en hacerle llegar tal o cual atención al senador tal o al diputado cual. Son los que piden protecciones arancelarias, los que piden políticas de “cero kilo” en la frontera, los que compran balanzas para donar a las aduanas a tales efectos, los que piden gravar TEMU, los que reciben subsidios a expensas del resto de la población. Un ejemplo de los tantísimos que existen en nuestro país, lo constituye el subsidio a la bebida. Según el decreto del Poder Ejecutivo N° 789/2008, y de conformidad a lo dispuesto por el artículo 496 de la Ley Nº 18.362 de 6 de octubre de 2008, se otorgó a los fabricantes de bebidas de origen nacional, un subsidio de $ 3,98 (tres pesos con 98/100) por litro de bebida.
Estos esperpentos están directamente asociados a la idea cavernaria de la protección de la industria nacional, que parte de la base de proteger al producto local vía subsidios y aranceles para que, al cabo de un tiempo, pueda crecer y estar en condiciones de competir con productos extranjeros. Al respecto dos cosas. La primera, es que el proceso de mercado es dinámico, no estático. Esto es, los demás competidores nunca van a estar estancados, a la espera de que el producto local mejore, lo que demuestra la ingenuidad del planteo. Lo segundo, es que se obliga a la gente a pagar ese subsidio, incluso a la que no consume ese tipo de bebidas, a la vez que, simultáneamente no se generan incentivos para la excelencia. En este sentido, sostiene KAISER que “Si el gobierno decidiera subsidiar al panadero mediocre, tendrá necesariamente que sacar dichos recursos de algún lado, empobreciendo a otro sector, para mantener a flote un proyecto empresarial fracasado y que aporta poco valor social. Al mismo tiempo, dicho subsidio permitiría al mal panadero bajar sus precios, lo que podría arruinar al buen panadero, ya que no sería rentable tener una panadería que produzca pan de mejor calidad y más barato si compite con un panadero subsidiado. Nótese que en la práctica esta baja de precios del panadero mediocre es una trampa, porque en el precio real de venta hay que considerar el subsidio que recibe. Por esta misma razón, en general, no es recomendable que el Estado subsidie actividades pues distorsiona la realidad económica”.1
De modo que, siguiendo a KAISER, decimos que el empresario es un benefactor social.
¿Por qué? Porque en una sociedad abierta, el proceso de competencia hace que el emprendedor busque, explore los mecanismos tendientes a lograr innovación y de esa manera al someterse al voto diario del mercado (es decir de la gente), esto es, del soberano de la economía (que somos cada uno de los integrantes de la sociedad), lograr su preferencia. En ese contexto, la innovación traerá aparejada la creación de riqueza. Como sostiene KAISER, “En consecuencia, en un mercado competitivo la única forma de hacerse rico es beneficiando también a otros. A diferencia del resto de quienes participan en el mercado, ellos son más escasos y resultan imprescindibles para el progreso. En otras palabras, si los comparamos con los consumidores y los trabajadores que, históricamente, han constituido una población más abundante, los emprendedores y empresarios son muchos menos en cantidad. Personas innovadoras, con el talento, la energía, la disposición al riesgo y la visión para crear riqueza -inexistente para la sociedad- siempre han sido, y serán, unos pocos. Siguiendo con el ejemplo deportivo, jugadores de futbol e hinchada han existido desde el inicio de éste deporte, pero los Pelé, Messi o Beckenbauer han sido solo unos pocos. De ahí que sea necesario crear un ambiente institucional y un clima social que los respete y apoye su destreza”.2
Naturalmente que las generalizaciones nunca son buenas y este caso no es la excepción. No todo empresario necesariamente tiene estas características. Como expresáramos, los pesudos empresarios quedan fuera de estas consideraciones. Ya en 1776, Adam SMITH advertía sobre los malos empresarios. En efecto, sostenía en “La Riqueza de las Naciones” que, “Es preciso siempre escuchar con los mayores recelos cualquier proyecto de ley o de ordenanza nuevas que proponga esta clase de personas cuyo interés no coincide jamás con el del público, de una clase de personas que tiene generalmente interés en engañar e incluso en oprimir al público y que por ello han engañado y oprimido, efectivamente, en muchas ocasiones”.
Este tipo de empresarios, son ladrones de guante blanco, esto es, como no se condice con su status social andar por la vida como atracadores, el robo a la gente lo ejecutan vía los favores de los políticos, extrayendo coactivamente de los ingresos de la población los subsidios que los benefician, asegurándoles mercados cautivos y/o beneficios fiscales, o protecciones arancelarias.
Ahora bien, a pesar de lo que venimos exponiendo, el rol empresarial está mal visto en nuestro país. Son los supuestos “explotadores”, según los que nunca en vida tendrán las agallas de arriesgar de su propio capital, los que nunca se levantarán temprano para ser los primeros en llegar, los últimos en cerrar y los últimos en cobrar. Producto de las ideas dominantes, se ha instalado la absurda concepción de la llamada “responsabilidad social empresarial”, la cual implica que las empresas asuman la responsabilidad de sus impactos en la sociedad y el medio ambiente, más allá del cumplimiento de las leyes y regulaciones.3
De esta definición se extrae que el accionar empresarial generaría algún tipo de daño, aunque no se especifica cual. Y la pregunta que se impone es ¿Cuál es o cuál sería, el impacto negativo que el accionar empresarial genera o generaría en la sociedad y el medio ambiente? La única responsabilidad “social” que tiene cualquier empresa, chica, mediana o grande es hacer dinero, mucho dinero, muchísimo de ser posible, porque ello significa que ha dado en la tecla con las preferencias del público, quien a diario la elije y prefiere, por sobre las demás del rubro4. Aun cuando se tratase del empresario más egoísta (en el sentido peyorativo del término) en la medida que sea exitoso, está ayudando a los más débiles vía el aumento del capital, que permite mayor productividad, mayor ahorro y mayor inversión.
El verdadero motor para salir de la pobreza, no son los políticos, sino cada individuo con afán emprendedor. Lo que se necesita es tener un sistema amigable con el emprendedorismo, cosa que en el Uruguay es un imposible desde hace mucho tiempo, al menos para los de pie.
Por ello es necesario que cada emprendedor, por más chico que sea, haga pública sus historias de sacrificio, de esfuerzo, de abstenciones, de riesgo, sin vergüenza, sin complejos. Los que se tienen que sentir así son otros. Ustedes son benefactores sociales, son héroes. ¡Hace falta oírlos!
1 Kaiser, Axel. El economista callejero. Ediciones El Mercurio
2 Kaiser, Axel. El economista callejero. Ediciones El Mercurio. Lección N° 12.
3 https://www.docusign.com/es-mx/blog/responsabilidad-social-empresarial
4 Me permitirá el lector una pequeña digresión: sostenía Hayek que cada vez que se le coloca el adjetivo “social” a algo, termina siendo la negación del concepto, su antónimo. Por ejemplo, hablar de justicia social, es una negación de la justicia porque el concepto implica quitarles a unos para darle a otros, hay una lesión al derecho de propiedad que torna la situación absolutamente injusta. Lo mismo sucede con la llamada responsabilidad social empresarial, es la negación del emprendedorismo.
ASOCIACIÓN DE LIBERALES DEL URUGUAY
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