ALU

Dr. Héctor. G. González Cabrera

Bienvenida tiranía.

El art. 635 del proyecto de ley de presupuesto nacional abre la puerta a que la DGI, y el Estado en definitiva se entrometa en la vida financiera de todos los ciudadanos ante la mera sospecha de evasión fiscal, sin control administrativo ni judicial previo, atentando directamente contra la soberanía e intimidad. Relevándose la bandera histórica del Uruguay, el secreto bancario.

No resulta exagerado afirmar que se cierne sobre nosotros las sombras del autoritarismo, nos encontramos ante una de las agresiones más radicales a la privacidad y a los derechos humanos: la violación del secreto bancario sin la debida autorización judicial. Lo que otras legislaciones suelen considerar como medidas de modernización o antifraude no es sino una puerta abierta a la masificación de la vigilancia y a la erosión de las libertades individuales.

La libertad, esa palabra tan vilipendiada, cede ante la maquinaria de control estatal, dando paso a un sistema donde el Estado tiene la capacidad de penetrar las esferas más íntimas de cada individuo sin necesidad de justificación ni supervisión: ¿cuánto hay? ¿en qué se gasta? ¿cuándo se gasta? ¿cuánto y de quién ingresa?

El secreto bancario no es una simple figura jurídica, ni un capricho de los ricos, es quizás la última barrera que defiende la autonomía personal frente al poder estatal. Bajo su resguardo, cualquier individuo tiene el derecho de decidir qué compartir y qué no, sin ser forzado a exponer su vida privada frente a un sistema que ahora se pretende con la autoridad para decidir por él. Máxime cuando la bancarización se presenta aun sin serlo, cada día más obligatoria, y más aún si se exceden los máximos establecidos en la ley para pagar con dinero en efectivo.

En un mundo donde la tecnología avanza a un ritmo vertiginoso, y donde la Central Bank Digital Currency (CBDC) toma cada día más preponderancia, la tentación del gobierno de acceder a datos sensibles, como los bancarios, se convierte en una forma más de control social. Enmascarado en causas como la lucha contra el lavado de activos o el seguimiento contra el narcotráfico, la corrupción o delitos financieros, el Estado se presenta como el protector de la moral, ética y seguridad, cuando en realidad es el verdugo de la libertad.

Al permitirle al Estado acceder a esta información sin una orden judicial, ante la simple sospecha de evasión, se da lugar a la vigilancia constante y eventual represión, donde la privacidad deja de ser un derecho y se convierte en un lujo reservado solo para los más poderosos.

¿Cuándo hay evasión? ¿Quién lo dice? ¿Qué posibilidad de control se le otorga al administrado para refutar la existencia de la presunta evasión?

El problema de esta nueva forma de tiranía, disfrazada de buena voluntad, es que no se limita a la esfera económica. Si un gobierno puede acceder a las cuentas bancarias de los ciudadanos sin restricciones, ¿qué será lo siguiente? ¿El control de los mensajes privados, las conversaciones, las opiniones, las redes sociales?

La línea entre la protección de la sociedad y la persecución de la disidencia se esfuma rápidamente cuando el poder estatal asume el control absoluto.

Bajo el disfraz de seguridad, lucha contra el crimen o transparencia, se constituye una estructura estatal que, lejos de ser un servidor del pueblo, se convierte en su opresor. No hay que ser paranoico ni alarmista, sino simplemente lúcido para ver que este tipo de medidas son solo un eslabón en una cadena mucho más grande de control. La vulneración del secreto bancario sin la autorización de un juez es solo el principio. Si permitimos que esto se normalice, ¿qué quedará de nuestra libertad?

Bienvenida tiranía, un paso más hacia el adiós de la libertad.

ASOCIACIÓN DE LIBERALES DEL URUGUAY

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