ALU

Arq. Martin Plada

Crítica al discurso de Noor Mahtani sobre Uruguay y las cooperativas de vivienda

Un reciente artículo de Noor Mahtani, publicado en el periódico español El País, vuelve sobre un tema sensible: el acceso a un hogar propio en Uruguay. La nota busca transmitir que el modelo cooperativo es una especie de antídoto contra la especulación inmobiliaria, y que, aunque nuestro país tiene una tasa de propiedad menor que la media regional, sus viviendas son de “mejor calidad”. Un discurso muy bonito y esperanzador, si fuera cierto.

¿Qué dicen los datos?

La periodista colombiana, eligió un subtítulo muy llamativo: “Cerca del 60% [posteriormente lo precisa en el 57,3%] de los uruguayos tiene una casa digna y propia, incluyendo a personas de escasos recursos, gracias al programa de Ayuda mutua, que combina los subsidios estatales y la mano de obra de los inquilinos”. Ante esta información, es pertinente hacer algunas aclaraciones.

Primeramente, el porcentaje de tenencia de vivienda se calcula en función de la cantidad de hogares, no de la población individual. Medir la tasa de propiedad por población sería engañoso, ya que un mismo hogar podrían habitar varias personas, lo que inflaría artificialmente la cantidad de propietarios.

La segunda aclaración, tiene que ver con la precisión de los números. Mahtani no cita fuentes para el porcentaje de propietarios que proporciona, pero si vamos a los datos del último censo (2023), vemos que el INE indica que, del total de los hogares del país, el 57,5% son propietarios y el 5,2% son integrantes de cooperativas de vivienda. Por lo tanto si consideramos a estos últimos también como propietarios el valor ascendería al 62,7% de los hogares uruguayos. Es decir, aunque las cooperativas son valiosas, representan apenas una fracción mínima. Uruguay sigue estando, aún con estas consideraciones, por debajo de la media en América Latina y el Caribe, que la misma autora estima cercana al 70%.

Con esta información, podemos interpretar que el subtítulo del artículo es tan llamativo como engañoso. Decir que el 62,7% de los hogares cuentan con una casa digna y propia “gracias” al cooperativismo es por demás exagerado. Se nos induce al error de creer que este programa es responsable de la casi totalidad de la propiedad en Uruguay, cuando en realidad son un complemento importante pero minoritario dentro del mercado de vivienda.

Apuntando contra chivos expiatorios.

Desde el título del artículo vemos que se acusa a la especulación como el causante principal del bajo número de propietarios: “El cooperativismo, el secreto de Uruguay contra la especulación inmobiliaria en tiempos de Airbnb”. Más adelante, aunque se menciona que Elkin Velásquez, director regional para ONU-Hábitat, sostiene que el hecho de que los jóvenes actualmente elijan no comprar una casa es un motivo a considerar, la autora vuelve sobre la especulación y los bajos salarios como los verdaderos culpables de esa elección.

Y es aquí donde se hace visible un grave error interpretativo y un desconocimiento del funcionamiento del mercado. Para empezar, esta demonización de la especulación es producto de una visión que no comprende la verdadera naturaleza del fenómeno. El especulador no es una figura sádica y tenebrosa, sino que es alguien que hace lo mismo que buscan hacer todos: comprar barato y vender caro. Y esto no es sólo una actividad natural de la economía, sino que además cumple un rol estabilizador en cualquier mercado. Persiguiendo su propio beneficio, el especulador compra cuando los precios son bajos (cuando hay poca demanda o sobreoferta de determinados bienes) y vende cuando los precios son altos (cuando la demanda ha aumentado o bien hay escasez). Podemos decir, entonces, que quita del mercado un bien cuando no es tan necesario, y lo vuelca cuando más falta hace. Sin buscarlo, la especulación, lejos de ser un problema, suaviza las fluctuaciones de precios. Sin especuladores, el mercado sería más inestable, no menos.

Pero también es necesario señalar que los bajos salarios no son, aunque a muchos pueda parecerle, una maldición impuesta por vaya a saber qué brujos sobre los países latinoamericanos. Son más bien una consecuencia de las políticas que estos países llevan y han llevado a cabo desde hace muchos años, caracterizadas por implementar un excesivo marco regulatorio en el mercado laboral. Si entendemos que todo impuesto y toda regulación sobre determinada actividad funciona como desincentivo a la misma (el Dr. Tabaré Vázquez lo tenía claro cuando decidió aumentar la carga impositiva a los productos del tabaco), no es de extrañar que regular la contratación de personal genere, entonces, un desincentivo a contratar personal. Y esto, por tanto, se traduce en menores sueldos.

La verdadera realidad uruguaya.

Aclarado lo anterior, enfoquémonos ahora en la situación de Uruguay. Si bien nuestro país es reconocido por posicionarse habitualmente en el podio en cuanto al salario promedio a nivel regional (aunque nada fuera de la norma a nivel mundial), también destaca por tener un costo de vida notablemente alto en la región. La capital, Montevideo, fue considerada en 2024 como la ciudad más cara de América Latina ocupando el puesto 42 en el mundo. Esto, como es de esperarse, provoca que el sueldo sea insuficiente para la vida cotidiana del uruguayo promedio. Por desgracia, el poder de compra del salario en nuestro país es menor que el de la mayoría de los países desarrollados.

Ahora bien, ¿por qué el costo de vida es tan alto en Uruguay? La respuesta la encontramos, como mencionamos al hablar de los bajos salarios latinoamericanos, en la voracidad regulatoria y fiscal del poder político. ¿O alguien puede pensar que a los empresarios y emprendedores uruguayos les gusta vender caro porque sí? Sería ingenuo sostener que el comerciante uruguayo tiene más avaricia que el brasilero, el paraguayo o el neozelandés. Las causas hay que buscarlas en marcos institucionales que (además de muchas veces proteger monopolios y oligopolios) imponen obstáculos en cada paso del proceso. El mercado de la vivienda no se libra de este problema. Solicitar un permiso de construcción, innovar con nuevos sistemas constructivos, importar materiales a mejores precios, o contratar trabajadores, son tareas que se han vuelto tediosas, confusas y caras. Y esto genera desincentivos a la actividad que terminan encareciendo y enlenteciendo la industria.

Dentro de estas regulaciones, destaca la excesiva normativa de calidad habitacional que ha infectado a todas nuestras intendencias (pero muy especialmente a la de Montevideo), convirtiéndose en una verdadera barrera para quien busca tener una vivienda propia. Pongamos un ejemplo. Aunque un Mercedes-Benz es un auto de altísima calidad, a nadie se le ocurriría prohibir el uso de un Volkswagen. Hacerlo significaría dejar a pie a aquel que no pueda adquirir un Mercedes-Benz. Entonces, ¿por qué imponer que todos vivan en viviendas de “alta gama normativa”? Si las reglas impiden que alguien construya algo modesto pero propio, es el diseño del sistema lo que dificulta el acceso a la propiedad. Tan absurda es la arrogancia de nuestros burócratas, quienes creen saber más sobre las preferencias personales que el mismo propietario, que le hubieran prohibido al propio Le Corbusier pasar sus últimos años en el refugio “Le Cabanon” de tan sólo 16 metros cuadrados.

Conclusión.

No hay dudas que la estrategia de cooperativas de viviendas que, como señala el Ing. Benjamín Nahoum, tuvieron su origen en una época de deterioro económico y en un “país de autoconstructores” es un mecanismo que permite sortear algunas de las dificultades que quien tiene el sueño de una vivienda propia encontrará en su camino. Reconocer el derecho de las personas de asociarse en libertad según sus intereses y conveniencia no sólo es un deber moral sino que es beneficioso para cualquier actividad. La ayuda mutua en Uruguay es un claro ejemplo de los buenos resultados de promover esa libertad, donde personas deciden unirse, aportar esfuerzo y organizarse para alcanzar un objetivo común.

Pero lo que no podemos permitir es que quienes nos gobiernan se jacten de “solucionar” (adulados por periodistas, burócratas, o supuestos intelectuales), subsidiando económicamente a los nuevos propietarios, un problema que ellos mismos generan. Estas medidas no son más que un minúsculo parche a un daño provocado por la arrogante y excesiva política regulatoria que padece nuestro país. Si el objetivo es que cada vez más uruguayos puedan acceder a la vivienda, no son los subsidios los que abrirán el camino, sino la eliminación de regulaciones que nos lo dificultan.

ASOCIACIÓN DE LIBERALES DEL URUGUAY

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